Los Retiros Burgueses

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El trasiego continuo de los cascos de los caballos golpeando el adoquinado, los gritos de los niños correteando por las calles, los barcos que atracaban en el muelle, el clamor de los vendedores ambulantes pregonando sus productos; este era el sonido de la ciudad del XIX.

Esa Alameda Principal donde los más influyentes asentaron sus primeras residencias, en las que un ir y venir de personas de servicio y visitas de amigos no dejaban un momento de soledad en aquellas mansiones.
Familias que no dudaban en disfrutar de la realidad acomodada que les había tocado vivir pero que también necesitaban apartarse del “agitado” ambiente urbano, necesitaban remansos de paz donde desconectar, disfrutar de sus hijos, dar fiestas y fardar con sus amigos de lo que tenían.
Estos espacios eran sus retiros, sus “casitas de campo”, zonas hechas por y para el disfrute, y no escatimaban en gastos.

Esos lujosos caserones burgueses, que sólo con pararte frente a ellos ya te abrumaban. Lugares en los que se vivieron tantos buenos momentos y que hoy vemos como el mejor decorado para que alguien sea asesinado tras sus muros. Resisten cómo pueden los años de abandono y parecen no importar a los malagueños que no recuerdan lo que significaron.

Sirva este artículo para pensar en la vida diaria en esas casas, de esas familias que dejaron su impronta en esos lugares, esos sitios que hoy pisamos sumidos en el abandono, esos mismos suelos, esas mismas paredes que otros tocaron, subir esas escaleras que tantas veces subieron
nuestros antepasados, ese desconchón en la pared que, pareciendo uno más, puede que fuera la marca centenaria donde el hijo de la señora se dio un golpe y acabó llorando desalmado en mitad del pasillo.

El día a día que nosotros vivimos hoy en nuestras casas es el mismo día a día que ellos vivieron siglos antes.

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Rodeados de enormes espacios verdes, jardines y bosques minuciosamente diseñados, con paseos, puentes, arboledas y plazas donde disfrutar de ese idílico entorno. Normalmente olvidamos una cosa, y es que estos selváticos jardines no llegaron a ser disfrutados tal y como hoy los vemos, porque eran plantados desde cero.
Los contactos que estas familias tenían con el resto del mundo, con países exóticos que eran desconocidos para el común de los malagueños, les permitían traer a nuestra ciudad aquellas especies.
Esas palmeras que hoy miden 30 metros, esos grandes ficus con troncos de varios metros de diámetro y esas masas arbóreas no eran más que pequeños arbustos. Rocallas, muros de tapial, delicadas balaustradas de piedra, hierro o mármol, cenadores, pasajes columnados y parterres,
que en ocasiones hoy no llegamos a ver ocultos por esa vegetación.
Aquellas cuadrillas de jardineros que mantenían esos vergeles, personas afanadas en la ardua labor limpiando de hojas los cenadores, cortando ramas secas y retirando fango de las acequias.

Las fincas se localizaban en lugares entonces alejados de los centros urbanos, apartados del mundanal ruido; sitios donde muchas veces uno se sentía vulnerable en mitad de la nada. Normalmente ubicados en alto, sobre colinas o ligeras pendientes, construían bancales para definir espacios y hacer caer el agua guiándola a su antojo.
Sistemas de acequias, tuberías subterráneas y canales exteriores llevaban el agua a estanques con algún querubín-surtidor en el centro, rodeados de lirios y nenúfares, con estatuas de piedra, escuchando el croar de las ranas a media tarde, el chapoteo del agua, el rumor constante pasando por los canales; un gustazo sentarse allí a relajarse.
Cuando entras en estos lugares hoy abandonados, cuesta hacerse una idea de cómo pudo ser, a menudo nos lo imaginamos con cierto romanticismo más cercano a lo poético que a lo real.

Estos jardines eran el complemento de las mansiones. No solía haber una única construcción, en la finca solían vivir más personas aparte de los dueños. Al menos un guardés que vigilara la finca, y si además se desempeñaban labores agrícolas, habría caballerizas, vaquerías y un cortijo donde vivieran los jornaleros. Lugares que no llegarían a pisar los señores.

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Conocían a los mejores arquitectos y plasmaban todos sus conocimientos y avances en estas construcciones.

Después llegaba el turno de los artesanos, que construían las puertas y ventanas; de diseños simples a tallas elaboradas para los salones, escaleras imperiales, remates en los aleros de los tejados, cresterías, barandas de fundición, bonitas yeserías, rosetones, molduras y estucos en las más nobles salas, etc.

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Esos salones donde colgaban bonitas lámparas de araña, con múltiples brazos y tulipas de cristal.
Algunas de gas, otras tenían que conformarse con velas y bajarlas para encenderlas y volverlas a subir con poleas instaladas en el techo.

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Grandes ventanales y puertas para acceder a los jardines, pesados cortinajes de delicadas telas, a veces lisas, otras bordadas y una chimenea que reunía a los amigos mientras tomaban una copa y fumaban conversando sobre negocios.
Unas bonitas solerías hidráulicas en unas salas, en otras suelos de mosaicos con cientos de teselas de colores formando diseños geométricos.
La planta baja recibía a las visitas, la superior tenía los dormitorios y el despacho y la tercera, donde vivía el servicio o estaba el almacén. Ahí el lujo cambiaba, ahora los suelos eran de barro cocido, las paredes ya no estaban estucadas y la altura de los techos bajaba, aún así era un lujo
vivir allí donde disfrutabas de las comodidades.
En las calurosas tardes de verano, la casa era el mejor refugio para combatir el calor, pero en invierno, los pocos días que pasaban allí eran fríos. Era entonces cuando la señora de la casa ordenaba al servicio que encendiera la estufa de hierro fundido que había en el pasillo y que
caldeaba toda la casa. El tubo que ascendía hasta el tejado iba calentando cada piso hasta terminar en el exterior con una chimenea que tenía un remate de barro vidriado.

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El coche llegaba tambaleante por el camino y detrás iba dejando una gran nube de polvo. Paco, el guardés, abría el portón de la finca, ya sabía que venían, los había visto de lejos por el camino.
El jardín estaba un poco descuidado, las fuentes seguían funcionando y por las acequias seguía corriendo el agua, pero nada más. El caserón estaba cerrado a cal y canto.
Paco le explicó a la señora que la noche anterior una rama había roto unas ventanas de la casa y que tuvo que arreglarlas.
¿Sería aquella ventana rota de mediados del XIX la que hoy vemos reparada?

Son hechos que ocurrieron en aquel lugar, pero que no quedaron recogidos en ningún lado. Vivencias que permanecen impregnadas en esos lugares, historias de personas que tenían su hogar, donde rieron y lloraron, donde celebraron momentos importantes en sus vidas y donde ocurrieron otros sin importancia.

Conservar un edificio o jardín histórico, son la herencia que aquellos que se fueron nos dejaron.

Ninguno de ellos habría imaginado que sus retiros estarían hoy en el olvido, esas casas que antaño eran la envidia de todos, esas casas que si afinas el oído te cuentan una historia; tú historia.

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