Ladrillos defensivos: El torreón de La Goleta

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La ciudad está en constante cambio, las personas que pasan por aquí la transforman, reutilizan lo que sus antepasados dejaron tras de sí, la adecuan a sus formas de vida y cuando no pueden hacerlo, construyen desde cero. Esos lugares donde la gente ha vivido desde que se fundaron son los que hoy gozan del título de Centro Histórico. En ese mismo espacio se han ido superponiendo capa tras capa las vivencias de miles de ciudadanos que de una u otra manera dejaron su impronta en ese sitio. En el momento en que el centro de la ciudad dejó de ser el único lugar para vivir y la gente empezó a expandirse hacia la periferia, se empezó a considerar una joya preciada. Una joya para recordar de dónde venimos, intocable en muchos aspectos pero maltratada en otros.

En este artículo podremos ver como los cimientos de aquella Málaga aún siguen estando presentes.

Era julio de 2013 cuando las máquinas avanzaron sobre la casa de dos plantas del siglo XVIII en calle Cruz del Molinillo, frente al Mercado de Salamanca. Los muros habían perdido su verticalidad y pese a haber sido apuntalados seguían siendo peligrosos; así que se decidió echar abajo la casa.

Lo que apareció tras ella sorprendió a muchos que rápidamente empezaron a elucubrar con la antigüedad de aquel muro de ladrillos. Se habló de que podría ser una torre del antiguo recinto amurallado que los árabes usaban para guardar el ganado y que podría estar datada en el siglo XV. Aquel recinto ocupaba la superficie comprendida entre Puerta Nueva siguiendo el curso del río Guadalmedina hasta La Goleta y ahí formando un ángulo pasaba por Capuchinos y enfilaba el camino hasta la subida de Mundo Nuevo aproximadamente.

Algunos planos, como el realizado por Emilio de la Cerda o el de Rafael Mitjana, dibujan un torreón en la zona al que denominan Torreón de la Goleta. A falta de un mayor estudio de los restos, queda sin confirmar si es realmente esto o no.

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Salvador es el inquilino que vive en la casa colindante, casa que se apoya en esta edificación y nos enseña cómo es por dentro en una visita realizada junto al defensor Matías Ruiz.

La casa es propiedad del Convento de las Mercedarias, al igual que otras edificaciones de alrededor. Agradecemos a Salvador que amablemente nos abriera las puertas de su casa.

El hablar con él de la situación de la torre le trae recuerdos de una lucha que hoy continúa. Cuando el solar se desescombró, quedó sin ninguna valla o protección y el trozo de torre quedó tal cual. Ante la duda de si se iba a dejar así, Salvador pidió a la autoridad competente que hiciera algo para impermeabilizar esa pared porque, estando a la intemperie y en un solar abandonado, el agua que quedara estancada en el terreno podía filtrarse a su casa. Después de un tiempo, consiguió que le sellaran con espuma algunas partes, una solución insuficiente porque hay algún que otro agujero que ha quedado sin tapar.

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Algo que también le preocupaba es que, debido a que la casa derribada no estaba en línea con el resto de la calle, quedó un resto de muro que hace de pantalla ante posibles avenidas, estancando el agua en el solar llegando a reventar o provocar humedades, aparte de la insalubridad de esa esquina porque es lugar que muchos usan para hacer sus necesidades, según nos contaba con algunas anécdotas que le ocurrieron.

Ante la negativa de la Junta de Andalucía a que tocara nada, Salvador pidió cubrir con cemento la parte superior pero volvieron a negarse. Desde la Junta le informaron que podría realizar obras si contrataba a arqueólogos y otros profesionales para vigilar que lo que se hiciera se hacía correctamente, ¡pero que corría de su bolsillo! Ante una situación que no puede afrontar, Salvador sigue en las mismas. Una situación que por otra parte, no corresponde a él personalmente hacerse cargo de ella.

Subiendo una estrecha escalera, llegamos a su habitación, que es la única estancia que se encuentra construida dentro de la torre (de la mitad hacia arriba), la parte inferior la ocupa la escalera. Una viga de madera en el techo es lo único visible que hay. La casa estaba en unas condiciones muy malas, Salvador pidió permiso al convento para realizar las obras y este se lo concedió, bajo su responsabilidad y de su bolsillo. Albañil de profesión y un amante de su trabajo, se puso manos a la obra. Tuvo que hacer reparaciones en la cubierta de tejas para evitar algunas filtraciones y en su dormitorio tuvo que colocar un panel de madera a modo de zócalo en el cabecero de la cama, porque aún se colaba humedad (es la parte que da al exterior).

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En el recorrido por la casa, que es más grande de lo que parece desde fuera, nos comentaba que en el patio tuvo que colocar unos hierros para evitar que alguien se intentase colar desde el solar. Y es ahí, en una sala para tender la ropa donde se le desprendió un trozo del techo por la demolición del edificio de al lado, dejando al descubierto el entablillado.

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Paseando por la casa no hay lugar que no haya reformado, “el suelo estaba muy mal y las paredes también, aunque no estaba para caerse porque la estructura aguantaba, pero le he puesto algunos refuerzos, ¿veis esa viga grande del salón? Pues eso es un poste de teléfono,  ¡así es!, uno de esos postes antiguos. Quería reforzar el techo, así que un día nos trajimos el poste, lo cortamos por la mitad y lo juntamos a la viga que ya había…”- nos contaba entre risas.

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“Me gusta reutilizar todo lo que pueda, por ejemplo esas piedras y los ladrillos en ese pilar”. Al fondo de la casa donde como por arte de magia hay más habitaciones, y donde vemos mas vigas -“Algunas las tuve que quitar porque estaban muy mal, pero las sustituí por estas otras de madera”.

“En el salón, la chimenea ¡que estaba para verla! la hice de nuevo, porque no había mucho que conservar”.

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Desconocemos que solerías tenía y en qué situación estaban, porque han sido sustituidas, pero es digno de admirar como Salvador ha recuperado la casa por su cuenta, con su dinero y encima conservando lo máximo que ha podido.

Al comentarle que su casa está construida sobre una posible muralla árabe, datada alrededor del Siglo XIV o XV, se reía comentando que “se alegraba, pero eso los expertos son los que deben valorarlo”.

“Se que es algo importante y estoy dispuesto a preservar y reparar cosas”, pero la administración pública se lo niega y ésta no hace nada para frenar el deterioro; ni hacen ni dejan hacer.

Mientras tanto el tiempo pasa; ya casi hace dos años desde que salió a la luz.
Se necesita un estudio que valore ante lo que nos encontramos, y una vez hecho, buscar las posibles soluciones para preservarlo lo mejor posible.

Los ciudadanos poco más podemos hacer, y Salvador lo sabe muy bien.

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